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Bruñal y otras variedades minoritarias: cómo rescatamos uvas casi olvidadas

Bruñal

En La Seca no todo el viñedo ha sido siempre homogéneo. Antes de la selección masiva de variedades y de la búsqueda de rendimiento, muchas parcelas mezclaban plantas distintas, algunas de ellas sin identificar con precisión. Con el paso del tiempo, ese mosaico se fue simplificando. Se arrancaron cepas menos productivas o más difíciles de trabajar y se sustituyeron por otras más previsibles. En ese proceso quedaron atrás variedades que no encajaban en una viticultura orientada a volumen.

Bruñal es uno de esos casos procedente de los Arribes del Duero. No desapareció del todo, pero quedó relegada a pequeñas presencias dentro de viñedos antiguos, sin protagonismo ni desarrollo propio. Como otras variedades minoritarias, su continuidad dependía más de la inercia que de una decisión consciente de mantenerla.

El punto de partida para recuperarlas no es distinto al de otras investigaciones en campo. Se localizan cepas concretas en parcelas viejas, se identifican sus características y se observa su comportamiento durante varias campañas. La clave está en confirmar que no se trata de una variación puntual, sino de un material vegetal estable con potencial.

Una vez identificada, comienza la fase de multiplicación. A través de injertos se obtienen nuevas plantas que replican esa cepa original. Después se implantan en parcelas de ensayo donde se puede controlar su evolución. No se trata de producir grandes cantidades, sino de entender qué puede aportar cada variedad. Cómo madura, qué perfil de acidez tiene, qué tipo de vino genera.

Las microvinificaciones son el siguiente paso. Permiten evaluar el resultado sin comprometer grandes volúmenes. En este punto se decide si la variedad tiene recorrido. Muchas no lo tienen y se descartan. Otras, como Bruñal, demuestran que pueden aportar un perfil distinto.

En el caso de Bruñal, el interés está en su estructura y en su comportamiento en vino. Da lugar a elaboraciones con más cuerpo y una expresión diferente a la de las variedades más extendidas en la zona de Rueda. No se trata de sustituir lo existente, sino de ampliar el rango de posibilidades dentro de un entorno que durante años se ha centrado en un número reducido de uvas.

Recuperar estas variedades implica aceptar limitaciones. Su manejo en campo puede ser menos eficiente, su adaptación a determinados sistemas de cultivo no siempre es óptima y el volumen que se obtiene es reducido. Por eso se abandonaron en su momento. La diferencia ahora es el criterio con el que se valoran. El foco está en lo que aportan al vino, no solo en lo fácil que resulta cultivarlas.

El resultado es una viticultura más diversa y más abierta a matices. No todas las variedades recuperadas tendrán continuidad comercial, pero el proceso permite conocer mejor el viñedo y entender que lo que hoy parece marginal puede tener valor si se analiza con más detalle. Bruñal es uno de los ejemplos que han superado ese filtro.

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